Su reconciliación no fue instantánea. Ninguno de los dos pretendió que las viejas heridas se hubieran curado sin dejar rastro. Hubo conversaciones difíciles, lágrimas, momentos de silencio y recuerdos que aún pesaban sobre ellos.
Pero también hubo perdón.
Hubo tardes en que los tres paseaban juntos por el centro de Guadalajara. Hubo noches en que Alejandro le leía cuentos a Mateo por videollamada. Hubo domingos en el mercado, desayunos de chilaquiles y pequeños momentos cotidianos que, sin aspavientos, reconstruyeron poco a poco lo que una vez se rompió.
Dos años después, Alejandro llevó a Mariana y a Mateo al mirador del Cañón de Huentitán. El sol al atardecer teñía el cielo de naranja intenso y dorado.
Mateo correteaba cerca, persiguiendo burbujas de jabón.
Alejandro tomó la mano de Mariana.