Ambos se agacharon y lo rodearon con sus brazos, riendo y llorando al mismo tiempo.
Un año después, Alejandro y Mariana volvieron a casarse.
Esta vez no hubo gran recepción ni lista de invitados obligatorios. La ceremonia fue íntima, en una pequeña hacienda en las afueras de Guadalajara, rodeada de flores blancas y música suave, con Mateo caminando entre ellos llevando los anillos en una pequeña caja de madera.
Cuando el juez preguntó si deseaban unir sus vidas nuevamente, Alejandro miró fijamente a Mariana y respondió:
—Sí, acepto. Esta vez, para cuidar lo que no supe valorar antes.
Mariana, con los ojos brillantes, respondió:
—Sí, acepto. No porque hayamos olvidado el pasado, sino porque aprendimos de él.
Mateo aplaudió antes que nadie.